¿Alguna vez has abierto un vino blanco y te has encontrado un líquido del color de una puesta de sol? Dorado intenso, casi ambarino, con reflejos cobrizos. No está estropeado. Es un orange wine — probablemente el estilo de vino más antiguo del mundo y, al mismo tiempo, el más desconocido. Sus ventas crecieron un 30% el año pasado y cada vez aparece en más cartas de restaurantes. Pero, ¿qué es exactamente?
La versión corta: un vino blanco elaborado como si fuera un tinto.
Se usan uvas blancas, pero en lugar de separar el mosto de las pieles rápidamente, se dejan macerar juntos durante días, semanas o meses. Esa maceración es lo que le da el color anaranjado, más cuerpo y una complejidad que no encontrarás en ningún blanco convencional.
Piensa en un té negro frente a un té verde: las hojas son las mismas, la diferencia está en el tiempo de infusión.
Las pieles aportan taninos — esa ligera sensación de sequedad que asocias con los tintos —, color y una paleta de sabores completamente nueva.
Esto no es ninguna moda de bar moderno. En Georgia (el país del Cáucaso) llevan haciéndolo así más de 8.000 años, fermentando el mosto con pieles dentro de recipientes de arcilla llamados kvevri, enterrados en el suelo. La UNESCO lo reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial. Allí no los llaman “orange wine” sino simplemente “vinos ámbar” — porque para ellos es la forma normal de hacer vino.
No sabe ni a blanco ni a tinto — ocupa un territorio propio. Espera aromas de albaricoque seco, miel de azahar, cáscara de naranja confitada y hierbas secas.
En boca tiene más cuerpo que un blanco, con taninos suaves y un final largo que puede recordar a sidra natural o cerveza de trigo.
Confieso que la primera vez que probé uno me descolocó. Pero a la segunda copa algo hizo clic. Y eso es lo bonito: te obliga a replantearte lo que crees saber sobre el vino blanco.
España tiene condiciones ideales: variedades autóctonas con carácter (viura, garnacha blanca, macabeo, airén) y cada vez más bodegas apostando por la mínima intervención. Cataluña lidera, pero Castilla-La Mancha, Montilla-Moriles y Alicante están produciendo orange wines estupendos a precios muy razonables:
Aquí está la gran baza del orange wine: su versatilidad. Esa mezcla de cuerpo, acidez y taninos suaves le permite funcionar con platos que normalmente no casan bien con ningún vino:
Empieza por uno ligero (el Pomelado o el Cueva del Granero son buenas puertas de entrada), sírvelo a 12-14°C y déjalo respirar un poco. Con menos de 15 euros puedes probar algo genuinamente diferente. La primera impresión descoloca, pero la segunda copa suele ser la revelación.
¿Has probado ya algún orange wine?
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