Hace unos años, pedir un vino sin alcohol era casi una excusa para las bromas de la mesa. Hoy está en la carta de bares de moda, en el lineal del supermercado y en cada vez más cenas. En España su consumo ha crecido una media del 6% anual entre 2019 y 2024, y en los mercados más lanzados sube hasta un 27%. Antes de servirte una copa, aquí van cinco cosas que conviene saber.
Empecemos por lo básico, porque mucha gente los confunde. El mosto es zumo de uva que nunca ha fermentado. El vino sin alcohol, en cambio, es vino hecho y derecho: se elabora, fermenta y cría como cualquier otro, y solo al final se le retira el alcohol. Por eso conserva aromas y estructura que el mosto no tiene.
Una cosa de etiqueta: para llamarse «sin alcohol» tiene que quedarse por debajo del 0,5% vol., así que no siempre es un 0,0 absoluto. La OIV, el organismo internacional del vino, fija esa horquilla, y la normativa europea permite desde hace poco etiquetar estos productos como vino, algo que antes no estaba tan claro.
El vino sin alcohol no se hace dejando que el alcohol desaparezca por sí solo. Primero se elabora un vino normal y, cuando está terminado, se le retira el alcohol mediante procesos físicos diseñados para conservar al máximo sus aromas y sabores.
Hay dos métodos principales.
La ósmosis inversa funciona, simplificando mucho, como un filtro extremadamente fino. El vino pasa por una membrana que permite separar el alcohol y parte del agua de los demás componentes. Después, el alcohol se elimina y el resto del vino se vuelve a recomponer. Todo el proceso se realiza a baja temperatura para proteger los aromas.
La columna de conos giratorios utiliza una tecnología diferente. El vino entra en una torre con conos que giran en condiciones de vacío y a baja temperatura. Primero se capturan y se guardan los compuestos aromáticos más delicados. Después se elimina el alcohol y, al final, esos aromas se devuelven al vino.
La clave está precisamente ahí: quitar el alcohol sin llevarse por delante los aromas y sabores del vino. Por eso, la tecnología ha sido tan importante para mejorar la calidad del vino sin alcohol en los últimos años.
Seré sincera: ha mejorado muchísimo, pero no esperes un calco. Sin alcohol, el vino pierde parte del cuerpo y esa sensación cálida en boca. Los blancos y los espumosos suelen salir mejor parados que los tintos, que son los que más notan la ausencia. Si te acercas esperando lo mismo que tu tinto de siempre, puede decepcionarte; si lo tomas como lo que es, una bebida distinta, lo disfrutas más.
Aquí gana la partida: una copa ronda las 30-50 kcal, frente a las 110-125 de un vino normal. Ahora bien, como el alcohol se va, lo que queda aportando calorías es el azúcar. Y algunas bodegas añaden azúcar para compensar el cuerpo perdido, así que un «sin alcohol» puede llevar más azúcar residual que un seco convencional. Si cuidas eso, mira la etiqueta antes de dar por hecho que es la opción más ligera.
Tiene sentido para quien conduce después de cenar, quien entrena y no quiere alcohol, quien cuida las calorías, quien no bebe por motivos médicos o religiosos, o quien quiere el ritual de la copa con media jornada por delante.
El embarazo merece un matiz importante: «sin alcohol» no siempre significa 0,0, y ese pequeño porcentaje cuenta, así que lo sensato es buscar un 0,0 real y consultarlo con tu médico.
Que el interés existe lo dicen los números: en un estudio reciente, más del 78% de los consumidores se mostró dispuesto a probar el vino sin alcohol, y la salud fue el motivo principal.
El vino sin alcohol no viene a sustituir una copa de buen vino. Es otra opción, para otros momentos., para otras personas.
Y visto cómo está creciendo, va a quedarse una buena temporada.
Si te animas a probar un vino sin alcohol, cuéntame qué tal por Instagram:
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Tengo curiosidad por saber si te convence o si, como a otros, te sigue faltando algo.